Querido don Ernesto:
Aunque usted nunca me conoció, yo tuve una relación muy personal con usted. Conocí sus libros alrededor de los 20 años, época oscura en la que pensaba que el destino era inexorable, y que todo lo que debía ser se cumplía irremediablemente. En sus personajes trágicos me encontré reflejada, pero también en su propia historia personal, historia de obsesiones y búsqueda insaciable de absoluto, en su necesidad de afecto… Más tarde, en su reivindicación de las cosas simples de la vida.
“Lean lo que les apasione, será lo único que los ayudará a soportar la existencia”, sus palabras resuenan siempre en mis oídos y me ayudaron, y me ayudan. Usted nos enseñó a pensar y a mirar cómo el mundo moderno, a pesar de toda la tecnología y el progreso, es un mundo cada vez más deshumanizado.
Aquí estoy don Ernesto, asistiendo con tristeza a su muerte que nos deja un poco huérfanos a quienes lo admirábamos y aún sin conocerlo personalmente lo queremos. Aunque tengo días oscuros, elijo disfrutar de las cosas simples ahuyentando la angustia con telitas de colores.Como usted, que eligió un pueblito pequeño para vivir, y pidió que a su muerte lo velaran en el Club de barrio en el que le gustaba jugar al dominó.
Y. como usted, querido don Ernesto, “Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos”
